Cumbia y mapalé…. Tú prueba y a ver qué

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#historia31

Sant Celoni (Barcelona), 7 de mayo de 2020

Mapalé, cumbia, reggaeton, bachata, merengue, salsa, samba…  

Hace una semana, después de un mes y pico del sedentarismo más desesperante de la humanidad, por fin he vuelto a mover este cuerpo serrano. 

Cada día, a las 2 de la tarde, enchufo el ordenador y me voy hasta Colombia, a las clases que Leidy da a las 7 de la mañana. 

Nunca comprenderé cómo alguien puede mover el cuerpo a ritmo de mapalé a esas horas.

Bueno, a esas horas ni a ninguna hora.

Que por el Mediterráneo meneo el cuerpo al mediodía y parece que me esté electrocutando cuando intento coordinar el cuerpo a con el ‘Prende la vela’ de Totó la Momposina.

Y es que el mapalé pide candela… pero oye, tú prueba y a ver qué.

Ya, si eso, me cuentas. 

Noto cada una de las endorfinas de mi cuerpo saltar de felicidad.

La oxitocina dar brincos de felicidad entre neurona y neurona.

Siento la circulación de my body hasta la punta del pelillo rebelde que me asoma por la nariz. 

Y me gusta porque cada día me voy un ratito a un país que aún no conozco pero que Leidy y los bailongos virtuales me ayudan a descubrir.  

Y me empapo de su hablar suave, de su acento hermoso, de sus ritmos, de sus melenas negras y fuertes,  y de ese tono de piel tostadito que tanto me gusta. 

Luego me miro en el vídeo y me río sola. 

Veo la pared beige de fondo y me doy cuenta de que no soy blanca.

Soy beige. 

Es como si tuviera un fondo a tono con mi color de piel.

Blanquecino post-invernal con tonos de amarillo pálido sudoroso. 

Dos brazos largos y delgados gozando de ritmos afrocaribeños a ritmo de sardana. 

Un par de caderas que andan pillándole el truquillo a esto de la sabrosura.

Dos piernas largas que, oye, ni tal mal.

Y dos pies que se marean y van por libre. 

Me encanta. 

Yo quiero moverme como Leidy.

Quizá en mi otra vida. 

En esta, la estoy pasando genial y aprendo a relacionarme con bailongas del país con acento bonito. 

A confinamiento plasta, meneo del bueno.

Desde casa también podemos irnos por ahí, y no solo viendo las fotos del blogger viajero de turno, sino compartiendo ratos buenos con personas de otros lugares. 

O con el vecino, que tanto irnos por ahí y no sabemos ni cómo se llama quien vive al lado de casa. 

Estos días estoy aprendiendo de ambas.

De mis bailongas virtuales he aprendido que la despedida de moda en Colombia es “Mis bendiciones” o “Que Dios te bendiga”. Eso me chocó porque por esta zona del Mediterráneo, pocas alusiones a Dios hacemos en nuestros saludos.

Ahora. Hace unos años no era así.

Cuando mi abuela entraba a un lugar siempre decía ‘Déu vos guard‘ (Dios te guarde), así que tampoco somos tan distintos.

Moda entonces aquí, moda ahora allá.

También he recuperado el chip de la comunicación indirecta, aquella en que pocas cosas se dicen directamente y que hay que andar descifrando palabras para entender que, “Anna, te están diciendo que ‘no’ pero diciéndote que ‘tal vez'”.

Y el cuidado y el cariño de las palabras donde las formas siguen siendo muy importantes.

También he aprendido de mis vecinos.

¡Hay un montón de niños! ¿Dónde se escondían?

Cada día, a las 8 de la tarde, Amir, Aya y Artal salen disparados a aplaudir al personal sanitario que tanto nos está cuidando en esta época pandémica.

Y pasan revista, oye.

Revisan cada uno de los balcones para asegurar que seguimos con ellos, conociéndonos a metros de distancia y valorando un sistema sanitario público de calidad y a sus profesionales.

Sigo reafirmando que la educación es responsabilidad de todos y que salir a las 8 de la tarde no es solo es aplaudir, sino educar en comunidad.

En fin, me gusta conocer Colombia entre mapalés, cumbias y reaggetton gracias a mis bailongos virtuales y a nuestras ganas compartidas de gozar.

Eso es universal.

Un abrazo, 

Anna 

Pst, pst: La imagen que encabeza el artículo es del artista Edgar Francisko. Entra en su web, tiene un arte hermoso.

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No-guía (inter)cultural para mentes curiosas

Anna Rodríguez Casadevall
anna@ideasontour.com