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Barcelona 14 08 2018 Contra Anna Rodriguez FOTO de FERRAN NADEU

En mi familia solo viajaba mi abuelo Silvino.

Se apuntaba a todo viaje de jubilados que implicara bus o tren, nada de aviones.

Le daba miedo que las siete balas que le quedaron de la posguerra se le movieran con las subidas y las bajadas, o que no lo dejaran pasar por el detector de metales.  

Así que Galicia, su tierra de nacimiento, y Andalucía, su primera tierra de acogida, fueron sus destinos más lejanos.

Mi abuela Rafi le seguía.

Nadie más.

Entonces, ¿de dónde me venían esas ganas de descubrir nuevos lugares?

Quién sabe lo que me llevó a escribir en mi diario, a los ocho años: ‘Voy a coger la bicicleta, me voy a ir a China y desaparaceré’.

A los diecisiete, hice mi primer viaje con la excusa de saber más sobre cultura y tradiciones irlandesas.

Cuando aterricé en Dublín, lo tuve claro:  ‘Esto es lo que quiero sentir’.

Es lo que sigo sintiendo.  

Y es lo que me ha llevado a vivir desde hace 15 años a vivir en distintos lugares del mundo, a veces por aquí, a veces por ahí.

¿Qué soy?

A los ocho años también quería ser veterinaria, escritora, misionera, pintora, propietaria de una parada del mercado y habladora de idiomas.

Y me quedaba en blanco cuando alguien me preguntaba: ¿qué es lo que más te gusta?

Me gustaban tantas cosas que no sabía qué escoger.

¿Por qué tenía que escoger?

Bueno.

Pues tres décadas después me sigue ocurriendo lo mismo.

Y no solo en lo que más me gusta.

Sino también cuando me preguntan a qué me dedico, lo cual ocurre casi a diario ahora que vivo en ruta.

Esto es lo que escojo ser

Tengo tendencia a enrollarme, así que imagina el esfuerzo para resumir tanta polifacecia en cuatro líneas…

Estudié traducción para disfrutar de la libertad de movimiento.

Cooperación internacional y desarrollo para comprender mejor el mundo.

Psicología social para comprender lo que nos acerca y nos separa a las personas.

Durante 10 años he acompañado a estudiantes, docentes, personas voluntarias y viajeras en sus experiencias por el mundo.

Ahora escojo ser formadora y consultora intercultural.

Y contadora de historias en celulosa y tinta.

Porque en un momento en que hay tanto debate entorno a los viajes y a la globalización, estoy convencida de que se puede viajar con conciencia y respeto, potenciando nuestra sensibilidad cultural y generando un impacto positivo en los lugares que visitamos.