2017: Menos mal que acepté que la intensa soy yo

Lanma (Hong Kong) 2018_Ideas on Tour

Hoy el día amaneció gris.

Después de dos semanas de tregua despertándome a la luz del Lorenzo, vuelta a la niebla, a la escala cromática grisácea y a la humedad de Changsha (China).

Es lo que peor llevo de vivir acá: el clima. Estos días hacen que me de cuenta de cuán mediterránea es mi esencia, por muy trotamundos que me sienta.

La idea era ir una caminata muy chula pero el cuerpo me pedía quedarme tranquila en casa, disfrutando del sofá, de un buen café y de un buen libro, y de hacer aquellas tareas pendientes que tan a menudo me apetece hacer pero que, también tan a menudo, dejo para lo último. Entre ellas, escribir.

Hoy hace tres meses exactos que vivo en China. Llegué el  23 de septiembre de 2017 y el tiempo vuela. Un día como hoy da para frenar y no tener prisa por que las emociones, pensamientos y reflexiones afloren, y eso me gusta…

Confieso que siempre acabo agradeciendo que me sucedan cosas de las que al principio me he quejado o de las que he renegado, así que ¡gracias a los días grises por activar mi freno de mano!

Lo mismo me ocurrió cuando me propusieron venir a trabajar a China… ¿Están locos o no me conocen bien? ¿Irme a trabajar a un país que explota a sus trabajadores y sin libertad de expresión para hacer dinero?

Y aquí ando, aprendiendo y venciendo prejuicios porque, por cada torta de realidad que me llevo, me quito otro prejuicio de encima.

La explotación no viene solo del propio país, sino de este capitalismo que se come al mundo y que deja a las personas en último lugar.  La falta de libertad de expresión no es solo una realidad China: en España vas a la cárcel por la letra de un rap y por hacer humor sobre el franquismo (40 años después de que haya acabado -oficial, que no oficiosamente- la dictadura).

2017 ha sido intenso, muy intenso. Menos mal que ya acepté que la intensa soy yo.

Lo que separa las casualidades de las causalidades puede ser una línea tan delgada como conocernos mejor y ver que las cosas no pasan ‘porque sí’, sino porque hemos ido dando pasos (más o menos a ciegas) hacia donde deseamos estar y hacia lo que deseamos sentir.

Empecé el año en mi casita mediterránea, compartiendo hogar, hamaca y momentos divertidos y cómplices en Cal Po, con Míriam, Joni, Isard, Fortià y “el” Tone. Qué bien me hizo ese año y medio con vosotros, dándome cuenta de que otras formas de convivencia son posibles e igual de lícitas que las tradicionales.

Porque los prejuicios no solo se vencen viajando.

En junio tomé un avión rumbo a Perú, con toda la ilusión que me cabía dentro. Cusco me trató de maravilla (¡como siempre!), pero esta vez sentí mucho más. Alberto me ayudó, quizá sin saberlo, a ser más yo; Gisela se descubrió como una pata (amiga) de primera, y la noche cusqueña y sus secuaces sacaron mi lado más latino.

Y yo que fui para allá convencida de que iba a centrarme en mi investigación de doctorado… Ya lo cantó John Lennon: “La vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo planes”.

Esa escapadita a Arica, en el norte de Chile, me llevó a conocer un cachito de un país pegado a Perú pero con una idiosincrasia bien particular, a dejarme llevar y a conocer a weones y weonas a quien bien vale la pena seguir la pista.

Y aquí estoy, en China. Venciendo prejuicios, aprendiendo e intentando comprender una realidad muy distinta a las que he vivido hasta ahora.

China no es un país fácil. Con una cultura milenaria pero llena de cambios gigantes en sus últimos cien años de historia, hace que me pierda constantemente. Y creo que muchos chinos también andan perdidos con tanto movimiento y tantas normas que cumplir.

La adaptación cultural en el ámbito laboral es agotadora, cuando me relajo porque creo que la tormenta ya pasó… ¡pam! Alguien aparece cuando estoy desprevenida con un “By the way…” (“Por cierto…”) y me descoloca de nuevo, haciendo que me ponga otra vez tensa y en guardia.

Pero China me encanta.

No la China política (de este tema hablaré en otra entrada, posiblemente cuando ya no viva acá) ni profesional, sino la China de las personas, esa que veo cada día cuando salgo a tomar el bus, a comprar fruta, a comer en los puestos callejeros, a pasear o a tomar un té. Esa que tanto me cuida y que me enseña lo que es la hospitalidad y los cuidados.

Quizá sea porque soy extranjera (aquí, las personas extranjeras gozamos de muchos privilegios y tendemos a olvidarnos de ello) o porque, simplemente, me abro a este lugar y las personas se abren a mí, pero, pese a todas las dificultades, subidas y bajadas, tensiones y momentos críticos, me siento inmensamente afortunada y feliz de vivir aquí.

A menudo me han dicho que soy valiente por no tener miedo a viajar sola y por renunciar a lo que la sociedad llama “estabilidad”. Pero te comparto un secreto que nunca escondo: sí tengo miedo. Me cago de miedo cada vez que tomo la decisión de viajar e ir a vivir a otro país porque no sé lo que sucederá.

Olvidé la bola de cristal en alguna parada de bus y nunca hice un intento por encontrarla.

Pero sé lo que me gusta, sé lo que me mueve y reconozco esa sensación de “esto es lo que me hace feliz”. Y lo que me hace feliz es descubrir nuevas culturas y realidades viviendo en ellas, formando parte de su día a día, de sus altos y sus bajos, de sus novedades y sus rutinas, de su yin y de su yang. De las dualidades de la vida.

Así que, agarro mis miedos, los reconozco, les saludo, me lío a manta a la cabeza y me lanzo a la piscina. Y, ¿sabes qué? Que siempre hay agua. Más o menos, pero siempre la hay.

 

Soy Anna, formadora intercultural, y mi trabajo es acompañarte a preparar y a vivir el viaje de tu vida para que te marches bien y vuelvas siendo tu mejor versión.

Me apunto al viaje