Callejeando por Changsha, mi casita en China

Callejeo de nuevo por Changsha, mi casita en China.  Me encanta perderme por lo que queda de la ciudad vieja (y escribo vieja, que no antigua, muy conscientemente: aquí no se mantiene ni se restaura lo antiguo, sino que se deja morir, se destruye la “arquitectura vieja” y se sustituye por moles que alberguen a miles de personas y unos cuantos negocios).

Son casi las nueve y hace una noche primaveral. La gente ya ha cenado y está disfrutando de lo que queda del viernes. Soy la única que está sola. Disfruto mi soledad cuando la escojo, como ahora, pero eso ellos no lo saben. Y es que, aquí, el tiempo libre siempre se comparte, pasarlo en soledad significa no tener con quien estar. ¿Qué deben pensar cuando ven a una loawai (extranjera) caminando por el barrio? Qué pena no saber suficiente chino para poder charlar con ellos y preguntar, comprender, saber.

Aquí, los niños juegan en la calle y los adultos, en las salas de juego. Locales a pie de calle, con la puerta abierta, mesas cuadradas forradas de fieltro verde y un montón de gente sentada haciendo algo de eso que tanto les gusta: jugar mahjong, apostar, charlar, comer, beber y fumar. La clase trabajadora china no tiene mucho tiempo libre, pero tiene claro cómo usarlo: disfrutando de la vida.

También hay tiendas y puestos callejeros que siguen abiertos (dejando de lado los centros comerciales, que esos no perdonan). Hablo de tiendecitas pequeñas, de las del barrio de toda la vida que, de esas que, poco a poco, con la jubilación de sus dueños, van desapareciendo, de esas que nos salvan de un apuro tras otro y donde las chucherías saben mejor. Te suenan este tipo de tiendas de barrio, ¿verdad? En mi pueblo había muchas y alguna sobrevive todavía, y que dure.

Chinos y mediterráneos nos parecemos más de lo que creemos, cada día lo tengo más claro. No en el cómo sino en el qué de muchos aspectos cotidianos y culturales. Disfruto descubriéndolos.

Esas tiendecillas están también llenas de vida. Sus dueños trabajan muchas horas y la familia hace vida entorno al negocio, así que, si voy a comprar fruta o cordones para los zapatos a las seis de la tarde, me encuentro a tooooooda la familia cocinando y cenando. Aquí la comida es sagrada y se come unas 200 veces al día. Me encanta.

Callejeo entre árboles en veredas. Deben tener unos cuantos años y no puedo evitar pensar cuántos les dejarán cumplir, porque a esta ciudad (y país) le ha llegado el momento de la explosión inmobiliaria.

En este barrio hay peluquerías y gente paseando en pijama. Hay bicis, motos y carros, aparcados y en movimiento, esquivando paseantes. Hay parques, prostitutas y una mujer con abrigo plateado. Hay mujeres que cargan fiambreras, repartidores, gente caminando con la vista pegada al móvil y la oreja a punto de caramelo porque el sonido sale del aparato a todo volumen. Hay chicas modernas, muy guapas. Hay coches de lujo, coches pequeñitos, coches viejos y coches nuevos. Hay un hombre gritando.

Me paro frente a una cafetería que me ha gustado. Están a punto de cerrar, pero me apunto el lugar para otro día. Me siento en un banco para escribir y para que no se me escurran sensaciones ni pensamientos. Cuando llevo un rato aquí, tomando nota digital de lo que se arremolina en mi cabeza, de la nada aparecen unos niños que miran la pantalla sin ningún pudor, algo que me molesta y me divierte a la vez. Curiosidad: tesoro nacional chino y también muy mío. Sonrío porque les entiendo perfectamente. Y me empiezan a hablar. Con la poca conversación que soy capaz de darles, les digo que soy de Barcelona, que estoy en Changsha trabajando y que estoy aprendiendo chino pero que sé muy poquito. Se miran, me miran y se ríen. Se marchan de golpe, igual que han aparecido: felices, ruidosos y con raquetas de bádminton bajo el brazo. Estoy segura de que creen que me falta alguna neurona. Esto no tener coba me frustra un pelín… cosas de vivir por ahí.

Toda la gente que está en la plaza me mira, es hora de cambiar de ubicación. Me levanto y vuelvo a perderme por las callejuelas. Como no puedo andar y escribir a la vez, voy grabando con la voz el torbellino de imágenes que se filtran por mis retinas. Veo a gente descargando una furgoneta, veo a policías al otro lado de la carretera (no sé qué ha sucedido), veo a una familia entera en la moto, sin casco, tranquilamente. Seis meses en Changsha y recién se me cruza el primer motorista con casco.

Paseando por este barrio veo, a un lado, los restos de un edificio que lucía lustroso hace un par de semanas, la última vez que me perdí por acá. Al otro lado, veo las torres Wanda, propiedad del hombre más rico de China. Y también veo hacia dónde va la ciudad, hacia dónde va todo lo que no de beneficio económico. Donde ahora viven tres familias, cabrán cientos de personas. Pienso en lo jodido que es este capitalismo globalizado y me enfado un poco con el mundo. Todo cambia muy rápido y me descoloca. Contradicciones constantes.

Pienso en si ir a tomar algo con los chicos, pero la verdad es que hoy no me apetece meterme en la burbuja de extranjeros. Me apetece verlos pero no tengo el cuerpo para socializaciones, así que sigo a mi rollo, descubriendo rincones, miradas, risas y sonrisas que me apelan a seguir callejeando. ¡No quiero que se me escape nada! Algo siempre se escapa, pero ahora mismo ando aquí parada, en la calle, a gusto y tranquila porque no hay tránsito y sí gente paseando sin prisas, haciendo “sus cosas”. En Changsha me siento segura, puedo pasear de noche, meterme en lugares oscuros o que en otros lugares me activarían el radar, y no pasa nada. Lo cierto es que el exceso de cámaras y de control ayuda, es la cara B de la seguridad.

Me siento bien. Estoy parada delante de un poste de la luz con un millón de cables eléctricos colgando y me doy cuenta de que, pese a las críticas que podría tener (y que tengo) hacia el gobierno chino, creo que realmente está mejorando la vida de las personas, de su gente. Muy a menudo cuestiono el modus operandi del gobierno del gigante asiático pero es que creo que cuestionar el poder es positivo, aquí y allá. En fin, más contradicciones y muchos sentimientos encontrados.

Sigo paseando después de tener opulencia a un lado y destrucción al otro. Paso por delante de restaurantes pequeños, sin puerta, donde caben un par de mesas y donde siguen cocinando aunque haya pasado, de largo, la hora de la cena. En China, toda hora es buena para llenar la panza.

Hay amigos que se encuentran, ropa tendida, borrachos y guardias de seguridad mirando pelis en el móvil. Hay locales, luces de neón y pollos fritos colgando en el mostrador. Hay pisos antiguos, más postes de luz con más cableado colgando a lo loco y motos, motos, motos, motos. Eléctricas, eso sí, que China tiene claro que la gasolina es historia. Hay bicis compartidas, triciclos y coches. Hay más gente comiendo, fumando y jugando mahjong. Hay repartidores haciendo una pausa y comiendo también (¿he dicho ya que en China se come a todas horas?). Hay locales de masajes de pies, un clásico de Changsha, con gente charlando y riéndose, a esta hora son los amigos quienes se pasan a saludar para que la tarde pase mejor. Hay locales que parecen burdeles y que lo mismo pueden ser burdeles que guarderías.

Me pierdo por una callejuela y vuelvo al ritmo que impera en la ciudad: el del derribe de edificios y pancartas gigantes donde se anuncian viviendas de lujo con todas las comodidades para familias perfectas de dientes relucientes. ¿Cómo culpar o señalar con el dedo si nosotros fuimos el ejemplo a seguir?

No tengo muy claro que eche de menos Changsha cuando mi periplo chino finalice (qué duro reconocerlo, ¿no?), lo que tengo claro es que echaré de menos callejear por sus barrios viejos y cruzarme con sus cotidianidades y con las miradas, las risas y las voces de su gente. De eso no tengo ninguna duda.

 

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