¿Hacia dónde te lleva tu hilo rojo?

Orígenes

En mi familia solo viajaba mi abuelo Silvino.

Se apuntaba a todo viaje de jubilados que implicara bus o tren, nada de aviones, le daba miedo que las siete balas que le quedaron de la posguerra se le movieran con las subidas y las bajadas, o que no lo dejaran pasar por el detector de metales.

Así que Galicia, su tierra de nacimiento, y Andalucía, su primera tierra de acogida, fueron sus destinos más lejanos: un radio de 1100 quilómetros alrededor de Sant Celoni, en Barcelona.

Mi abuela Rafi le seguía. Decía que qué necesidad tenía ella de marcharse con lo bien que estaba en casa y que lo hacía porque era su obligación ir con su marido, pero siempre tuve la sensación de que le encantaba hacerse de rogar y coquetear con mi abuelo.

Nadie más.

Entonces, ¿de dónde me venían esas ganas de descubrir nuevos lugares?

Quizá fuera la niña pelirroja con trenzas, caballo y mono, que vivía sola en Suecia y era dueña de su tiempo; quizá la niña de coloretes que fue capaz de adaptarse a los Alpes, a un abuelo huraño, a Frankfurt y a una institutriz odiosa; o quizá saber que parte de mi familia vivía en Rosario, una ciudad que me sonaba a misa y que resulta que estaba en Argentina, un país al otro lado de mucha agua que se ve que era el Atlántico.

Quién sabe lo que me llevó a escribir en mi diario, a los ocho años, que ‘Los domingos, cogería la bicicleta y daría la vuelta al mundo’.

Se me daba bien el inglés y, a los doce años, mi profesor Genaro me propuso ir un mes a Irlanda, con una familia. Yo me imaginaba viviendo con una familia con unas normas que posiblemente serían más restrictivas que la mía y decidí no viajar, que lo que tendría que llegar, llegaría.

Creo que fue la primera vez que, inconscientemente, prioricé la calidad a la cantidad en mis viajes.

Y así hasta ahora, veinte años después.

Durante años alimenté mi imaginación de lugares lejanos con las visitas que familiares de Argentina y Perú, que aprovechaban la bonanza económica antes de El corralito para conocer sus orígenes y recorrer Europa. Todos hablaban español, pero con acento y palabras distintas, me mataba la curiosidad y cada visita era como un imán.

 

 

Iniciación

A los dieciséis, encontré mi primera excusa para viajar: el trabajo de investigación del instituto sobre costumbres y tradiciones irlandesas. ¿Cómo iba a escribir sobre costumbres sin conocerlas ni vivirlas?

Ahorré durante un año y mis padres me ayudaron a pagar el resto del viaje.

Lié a Xavi, un amigo del colegio, para que se viniera conmigo y a los diecisiete recién cumplidos nos plantamos en Dublín (Irlanda), con la excusa de aprender inglés, y nos tomamos nuestra primera Guinness.

Ahí decidí que quería estudiar idiomas: quería entender a la gente, sus palabras y también sus formas de ver e interpretar el mundo y la realidad.

A los dieciocho empecé traducción y me di cuenta de que no tenía ni papa de inglés para ser intérprete en la ONU. Con lo fácil que parecía cuando Quino dibujaba a Mafalda luchando por los derechos humanos en la sede de Nueva York.

Así que me puse a buscar como loca opciones para aprender inglés ‘de primera mano’ y ahí empecé a darme cuenta de cuáles serían mis principales problemas para viajar y vivir en otros países: el dinero y no saber dónde buscar recursos e información.

Pero como si el genio de la lámpara leyera mis pensamiento, un día navideño, comiendo en casa de Amparo, aparecieron Carmen y Jack, y me invitaron a ir a pasar el verano con ellos en Wisconsin, Estados Unidos: problema resuelto con un intercambio. Yo les echaría una mano con Maya y sólo gastaría en billete de avión y el día a día.

Ese verano vi claro que las vacaciones no bastaban: yo quería VIVIR en otro país.

 

Europe’s calling

Volví a Barcelona, volví a estudiar y trabajar y, a la que pude, me marché de intercambio Erasmus. Quería irme a Australia o Estados Unidos, pero Poderoso Caballero no daba para tanto, así que opté por Alemania.

Encontrar trabajo allí fue una odisea pero, de nuevo, busqué y encontré recursos: empecé a traducir, con mi alemán macarrónico… y ¡me pagaban!

Los estudiantes Erasmus hacen milagros y yo no iba a ser menos: con un presupuesto de risa, viajábamos. Prueba superada.

Ese año fue duro y eso me llevó a apreciar lo más importante: las personas que me acompañan en mis viajes, en los rutinarios y en los adrenalina constante.

Y, de nuevo, volví a Barcelona. Un año duré: lo justo y necesario para ahorrar de nuevo, pedir una beca y marcharme seis meses a Praga (República Checa), a por mi segundo Erasmus.

Me parecía una ciudad inalcanzable, un sueño. Pero ahí estaba, viviendo en ella.

En ese viaje aprendí a empaparme de la historia, del arte y de la cultura del lugar que me acoge. Es mi secreto para comprender mejor a las personas con quien mi vida se cruza, y que dan sentido a los kilómetros y los viajes.

Cuando llegué a Praga, sentí que estaba en casa.

Unos cuantos años después, la misma sensación me acompaña y me escapo cada vez que puedo a esta ciudad mágica a visitar a Katka, Pavel, Mati, Medard y Meli, la familia con quien estuve trabajando y que se convirtieron en lo mejor de la República Checa.

Nuestros caminos se cruzaron cuando Mati era hija única y tenía 8 meses, y ahora es una mujercita con dos hermanos preciosos.

 

Con Irina y Laura en Croacia 2006 (Ideas on Tour)

 

Intentando ser sedentaria

A los veintidós, a punto de acabar la carrera, pensé: “Socorro, ¡yo no quiero ser traductora!”.

Con los bolsillos vacíos y sin saber dónde buscar recursos (o sea, dinero) en otros países, me puse a trabajar de varias cosas hasta que me salió un trabajo ‘serio’ . Es así como llaman a los trabajos estables y bien pagados, ¿no?

Pues eso, a los veintitrés tenía un trabajo que me daba reconocimiento, prestigio, dinero, mucho viajes y una dosis muy generosa de estrés.

Pero el gusanillo social seguía rondando por dentro y, a los veinticinco, me fui a Filipinas, a un campo de solidaridad con Setem.

Lo vi claro: el mundo tiene blancos y negros, pero con un buen arcoiris y con todas sus diferencias, es mucho más bonito y mejor.

Volví a Barcelona y no lo dudé.

Me estaba aburguesando y lo que quería viajar, conocer lugares y personas, distintas maneras de ver y vivir, de disfrutar y de interpretar la vida.

Hacía años que convivía con una sensación que aprendí a identificar y que me decía: Pero tú, ¿qué haces aquí? ¡Vete a por lo que más te gusta!

 

Filipines amb Setem 2009 (Ideas on Tour)

 

Sentirme capaz

Así que, a los veintiséis, dejé mi trabajo ‘serio’, dejé en casa a mi novio ‘serio’, me morí del miedo y me fui a Perú a cumplir más sueños, a aprender de la realidad, de vivir en Cusco, de trabajar allí, de sentir, de compartir con cusqueños, de conocerme. De saber que podía.

Los meses en Cusco fueron un aprendizaje donde corazón y cerebro se entremezclaban constantemente para dar forma al sentimiento.

Le siguió Bolivia, por donde viajé sin prisas y a no muchos lugares, primando el estar a gusto y respetar mis tempos, a marcar muchas cruces en el mapa.

De Perú fui a Bolivia y, de allí, a Argentina… ¿cuántas veces, de niña, imaginé que visitaba a mis familiares de Rosario? Pues sí, ¡los conocí a todos! Estaba feliz de saber que, de vuelta ‘a casa’, podría contarle a mi abuelo cómo estaban Pancho y Nina, mandarle besos de las Gabis y mostrarle las fotos y los regalos que me habían dado, con tanto cariño, para él.

Los encuentros argentinos dieron paso a los reencuentros uruguayos: María vivía en Montevideo y no quería perderme la aventura de ir a verla.

¡Cuánta emoción cuando me recogió en la estación de bus! A los dos minutos ya nos reíamos como años atrás, cuando compartíamos día a día.

Jamás pensé que viajaría a Uruguay pero su gente me sorprendió tanto, tanto, que cancelé mi billete de vuelta y me tomé unas semanas de reflexión: ¿quería quedarme en Uruguay?

En esos seis meses de viaje, me demostré que sí era capaz.

Capaz de viajar sola, capaz de moverme entre ciudades y países, capaz de adaptarme a mucho más de lo que creía, capaz de vivir en realidades duras, capaz de ponerme en el lugar de otras personas, capaz de sentir al máximo, capaz de disfrutar.

Capaz de hacer las cosas que soñaba desde los ocho años: le saqué brillo a la bicicleta y sentí que, ahora sí, los domingos y cualquier otro día de la semana, podía dar la vuelta al mundo.

 

Intentando ser sedentaria (2ª parte)

Decidí volver a Barcelona, aunque esta vez me sentí obligada a ello.

No me ensañaron a lidiar con el sentimiento de culpa de vivir y disfrutar mi vida en la otra punta del mundo con la familia y la pareja en otro continente.

La vuelta me costó horrores y, aunque decía que sí (a los demás, sobre todo), yo sabía que mis ganas de vivir ‘por ahí’ seguían bien vivas.

Y bien vivas estaban.

Trabajé durante cinco años en educación y relaciones internacionales. Disfrutaba imaginando, creando y formando parte de proyectos internacionales.

Estos años pasaron bien porque viajaba constantemente con proyectos que me motivaban y compartía horas e inquietudes con personas maravillosas: Francia, Reino Unido, Dinamarca, Marruecos, Perú, Estados Unidos, Suecia, Italia, Suiza, Austria, Polonia, Lituania, Alemania

En cada lugar, descubriendo poco a poco los matices de cada destino, maneras de vivir y de trabajar.

Me sentía bastante libre y feliz, aprendiendo, y empecé a indagar la parte teórica de la cooperación internacional, la solidaridad y la transformación social.

Así que, si me movía lo social, creer que un mundo mejor es posible y las relaciones internacionales, lo mío era la cooperación para el desarrollo. Y ¡vaya que si lo era!

Me lancé a la piscina y estudié el Máster en Cooperación al Desarrollo del IIDL-Universitat Jaume I y ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.

No solo transformé mi modo de ver el mundo y de ponerle una buena base a mis conocimientos y aprendizajes, sino que me llevé amigos que siguen ahí y que sé que lo estarán aunque la distancia no nos deje vernos tanto como nos gustaría.

Gracias María José Gómez y Óscar Climent por  estar ahí, entonces y ahora.

 

Dale la vuelta a tu mundo_Ideas on Tour

 

Cumpliendo sueños

Aún hoy me pregunto si fue la excusa para cumplir otro sueño: viajar a India. Siempre había querido viajar a este país pero quería hacerlo vinculada a un proyecto que me permitiera crear vínculo con las personas, implicarme, comprender una realidad tan distinta y lejana.

Sea como fuere, a los veintinueve años me fui a la India cuatro meses para investigar sobre felicidad, empoderamiento y satisfacción vital con las Tais del colectivo autogestionado de trabajadoras sexuales Saheli HIV/AIDS Karyakarta Sangh de Pune, cerca de Mumbai.

¿Quería reto? Servido en bandeja.

Adapté mi forma de vestir, mi forma de comer, de cruzar la calle, de comunicarme, de dormir… Qué duro fue y que feliz fui.

De nuevo, el mejor regalo: lo compartido y aprendido con las Tais del colectivo. El vínculo, las personas, las relaciones, las emociones y sentimientos.

 

Saheli tais, Pune-India 2012 (Ideas on Tour)

 

Intentando ser sedentaria (3ª parte)

Y, ¿adivinas qué sigue? Volví a Barcelona.

Esta vez con energías renovadas.

Arranqué proyectos que nunca había creído factibles, conocí a personas que me removían corazón, mente, alma, intelecto y cuerpo.

Aprendí a parar y a mirar atrás para valorar el presente, y aparecían dos cosas constantemente: mi familia y mis amigos de aquí, y mis viajes y amigos de allá.

Así que decidí disfrutar (y ahorrar) cuando estoy ‘en casa’ (en el Mediterráneo) sin perder el ‘allá’ en mi horizonte. Me ayuda a vivir más el presente y aparcar un poco tanta planificación a largo plazo.

Después de muchas contradicciones, a los treinta y uno decidí empezar a hacerle un hueco a lo que llamaba ‘mis cosas’ y que ahora, gracias a ese sentirme capaz, llamo ‘mi proyecto’: Ideas on Tour.

Al tiempo, acepté un trabajo ‘serio’ ‘aquí’ durante unos meses porque confío en las personas que me lo ofrecieron. Me sentí libre para proponer, para arrancar iniciativas, para decir, para entrar, para salir… Pero me seguían matando los horarios fijos y las bases de datos.

A los treinta y dos volví unas semanas a Cusco, las vacaciones no daban para más pero los Andes me llaman a gritos.

Regresé de mis vacaciones y seguí trabajando, con la cabeza en irme a vivir a Cusco al año siguiente.

 

 

Sorpresas me da la vida

Yo pensando en cómo organizarlo todo para ir a Perú y, un día cualquiera, me ofrecen trabajar en China.

Cuando me recompuse del susto, acepté. Pero antes de plantarme en el Gigante asiático hice una pasadita de tres meses por Cusco, y celebré mis treinta y cuatro el día de la Pachamama, entre danzas, platos bien ricos, papa, jugo de lúcuma, rocoto y pisco-sours, claro.

¿Cómo acabé viviendo en China durante 9 meses?

Gracias a un jefe atrevido que me conoce bien y que confía en mí, y  gracias también a mi curiosidad extrema.

Un año bien intenso que no solo me llevó a la ciudad de Changsha, en la provincia de Hunan.

Dejarme llevar me ha permitido visitar y trabajar en lugares que no sabía si quiera ubicar bien en el mapa: Hong Kong, Singapore, Macau y Taiwán.

Sopresas me da la vida. Y yo, encantada.

 

Familia de la Sra. Chen_Changsha China (Ideas on Tour)

 

Me rindo: ya no intento ser sedentaria

Qué importantes son los procesos, todos y cada uno de ellos.

Por mucho que lo intente, no entiendo mi vida sin viajes y sin imaginarme cómo sería vivir en este o en aquel lugar, con este o aquel clima, rompiéndome la cabeza para saber cómo llegar allí o allá.

Quizá algún día me quede en uno de ellos, quién sabe.

He comprendido que tengo un hilo rojo que me une al Cusco: es mi campamento base, la excusa para sacar lo mejor de mí y ser cada día un poco más cholita. Es donde he aprendido a dejarme llevar y a atreverme a ser más yo.

Me lo han preguntado muchas veces, pero nunca he contado la cantidad de países donde he estado. ¿Para qué? No me interesa marcar lugares en el mapa, lo que me mueve son estas mariposas que me revolotean antes de cada viaje, como si fuera el primero.

Esa incertidumbre, ese miedo al que me enfrento y gano, esos nervios antes de los reencuentros. Esos preparativos, ese imaginar cosas que se vuelven reales, ese sentir, ese compartir y ese enfocar mis gafas para ver el mundo.

Soy feliz en ruta, soy feliz en el viaje.

Solo he necesitado veinte años para atreverme a vivir al 100% como deseo y ya no intento amoldarme a lo que nadie me pedía pero yo me exigía.

Ahora viajo despacio, vivo on tour, saboreando sin prisa distintos lugares.

Descubriendo nuevas culturas, nuevos ritmos, nuevos sonidos, nuevas maneras de ver el mundo y de vivir.

Nuevas personas y nuevos escenarios para seguir graduando mis gafas de ver el mundo, de entender y vivir la diversidad y la interculturalidad.

Mochila, portátil, libreta, boli, móvil y libros (esta vez, electrónicos) son mis herramientas de trabajo.  Y, pese al constante movimiento que hay en mi vida, nunca me he sentido tan en mi lugar.

Ahora soy yo.

 

P.D.: No viajo sola

Por cierto, siento la necesidad de responder a esta pregunta: ¿que si me da miedo viajar sola? Yo no viajo sola.

Yo tomo aviones, trenes, buses, taxis, tuc-tucs o micros sola, y vivo mi viaje y comparto con otras personas, de aquí y de allá, y es por lo que siento compartiendo con ellos y con ellas, y también en ratos de soledad, que el viaje vale la pena.

 

Soy Anna, formadora intercultural, y mi trabajo es acompañarte a preparar y a vivir el viaje de tu vida para que te marches bien y vuelvas siendo tu mejor versión.

Me apunto al viaje