Malta, Gozo & Comino: parar y dejar que las cosas pasen

15 de agosto de 2018

Parar y dejar que las cosas pasen

Mis herramientas de trabajo en Malta han sido libreta, boli, móvil, libro y auriculares. Viva el sistema analógico. Fuera ordenador, agendas y planificación.

A veces, para llegar a la esencia, hace falta parar y darse tiempo, dejar que las cosas pasen. Eso y mucho compromiso, valor y amor, primero para dentro y luego, para fuera.

Porque solo podemos compartir aquello que ya tenemos. Y eso es lo que me he regalado en Malta.

Así que, desde ahí, te cuento sorpresas, reflexiones y emociones maltesas.

 

10 sorpresas, reflexiones y emociones maltesas

1.    Las señoras de Gozo podrían ser andaluzas: cuerpo redondito y chiquitín; piel tirando a bronceada (en ambos sitios también las hay flacas, altas, rubias y pálidas, of course); mismo estilo de corte de pelo y color de tinte; pendientes, collar, pulseras y bolsos para lucir divinas el fin de semana; camisa de flores o de lunares de manga corta, con los pechos grandotes bien escondidos bajo la fina tela veraniega; falda lisa por debajo de la rodilla, y sandalias con un poco de cuña para lucir sin sufrir.

La vida, mejor en grupo. No paro de ver a amigas charlando tranquilamente en las terrazas y compartiendo charlas de verano.

2.    Parece que los señores de Gozo prefieren los portales a la sombra para juntarse con los vecinos y hablar tranquilamente con la panza al aire cuando cae el sol.

Me encanta esta vida en la calle, me recuerda a cuando era niña y me iba con mi abuela a tomar el fresco con las vecinas y a mirar a todas y cada una de las personas que pasaban por delante de la barricada marujil. No les quitábamos los ojos de encima hasta que dejaban de mirarnos de reojo y nos encaraban de frente. Entonces, y solo entonces, les sonreíamos y les deseábamos buenas noches. Luego seguíamos a lo nuestro, que era básicamente hablar de lo bien que se estaba al fresco en verano.

Ah, y también comíamos pipas y echábamos las cáscaras en el suelo. Incívicas.

3.    Qué mediterráneo es sentarse en una terraza y refrescarse con un copita de vino (Malta es productora de vinos), una Cisk (la cerveza maltesa por antonomasia) o un Kinnie (un refresco amargo y no-sé-qué-más muy peculiar que se tiene que probar porque es de ley, pero yo no pude con más de dos tragos, sorry).

4.    Dwejra, la Ventana Azul, y sus piscinas naturales han sido un soplo de aire fresco y de agua cristalina sin masificaciones y con muchos pececillos en la orilla.

5.    La Laguna Azul es… es… no sabría describirlo porque había tanta gente en tan poco espacio que no pude apreciar su belleza. Llegué, vi y me fui. Un espacio precioso en la isla de Comino convertido en un hormiguero humano y ruidoso en plena temporada alta. Las embarcaciones que te acercan a la isla forman parte de una cooperativa, esa fue una sorpresa bonita.

 

Gozo-Malta Ideas on Tour (1)

 

6.    El primer día de playa se me ocurrió pensar en asalvajarme un poco entre tanto acantilado y tanto pececillo feliz, pero rápido me recordaron que hacer nudismo o dejar que los pecho campen a sus anchas es ilegal en todo el país. Claro, tanta iglesia y yo sin caer en este pequeño detalle.

7.    Me encanta el Mediterráneo, siento que este mar me une a mis raíces y disfruto bañándome en él cuando el calor se hace presente. Pero no puedo evitar sentir una contradicción muy grande entre este goce y el sufrimiento de miles de persona que lo atraviesan cada año bajo esa esperanza de una vida mejor.

El Mediterráneo regala momentos y quita vidas. También en Malta. Cara y cruz de una misma moneda (Proactiva Open Arms).

8.    Descubro que moverse en transporte público por Gozo es un ejercicio de paciencia del más alto nivel: treinta minutos en coche de punta a punta de la isla y una hora y media para hacerlo en bus.

Tomo el bus en Gharb (oeste), que pasa a cada hora, en quince minutos me planto en Victoria (centro), donde debo esperar casi una hora para cualquier transbordo hasta Mgarr (este).

Pero bueno, tengo el privilegio del tiempo, así que aprovecho las esperas para tomarme un cafetito en la terraza de la plaza de la estación o un gelatto de pistacho y avellana en la mejor heladería de la isla, también en la plaza. Cuando la opción es gelatto, me siento en el césped, bien acompañada de otros osados que se atreven a depender del transporte público en la isla y esperar a más de 35º. Un regalo para los sentidos.

9.    En Malta hay corrupción. Y mucha. La periodista Daphne Caruana Galizia denunciaba esta corrupción de políticos, empresarios y policías malteses hasta que, en 2017, un atentado en coche bomba acabó con su vida.

Demasiada información sobre demasiado poder concentrado en pocas manos. Y eso no es todo: entre 2015 y 2017, en Malta explotaron seis coches bomba, y todos los casos sin resolver ¿Tú oíste algo? Yo tampoco, no interesa. El paraíso también tiene sus sombras.

10.  Pastizzi (pastelitos de hojaldre rellenos de ricotta maltés o guisantes), qassatat (una especie de empanada con medio quilo de espinacas, guisantes o ricotta, servido calentito), tomates secos en aceite de oliva, helado artesano, frutos secos, canoli… madre mía, me he puesto como los quicos.

De nuevo: mezcla y pot-pourri árabe e italiano para deleitarse el paladar. Si te gusta comer, Malta es el lugar para hacerlo: bueno, bonito y barato.

 

Gozo-Malta Ideas on Tour (2)

 

La curiosidad me saca de paseo

Y sí, Malta ha sido un oasis entre vivir en una ciudad de más de siete millones de habitantes en China y la vuelta a Sant Celoni (mi pueblo), de poco más de 17.000 habitantes y donde, no importa cuánto tiempo esté fuera, nada cambia.

Lo creas o no, el choque cultural inverso a la vuelta “a casa” es incluso más agotador que el choque cultural al llegar a un lugar y una cultura totalmente nuevos (te lo cuento aquí).

Estos nueve días en Malta (cinco de ellos en Gozo, mi favorita, yatusae) han sido unas vacaciones en toda regla: mar, libros, arena, tranquilidad, terrazas, arte, descubrimientos, comida, bebida, ocre…

Feliz de haber sido fiel a esa curiosidad que nació en 2007 y que me ha llevado a darle la mano a la gran desconocida: Malta.

¿Con qué me quedo? Como siempre: con las personas. No sé qué fijación tengo en observar y en sentirme parte de todos y cada uno de los ritmos que me rodean, pero es así. Tampoco me esmero en descubrirlo. Siento que disfruto, que aprendo y que me hace bien, ¿qué más necesito?

Hay un verbo que Màrius, mi profesor de latín en el instituto, nos explicó un día y que me quedó grabado. Aprehender: “concebir las especies de las cosas sin hacer juicio de ellas o sin afirmar ni negar”. Tomar el conocimiento de lo que veo y siento, y hacerlo mío, parte de mí. Sin más.

Y en ello ando: aprehendiendo y disfrutando por el mundo. ¿Te apuntas?

 

Soy Anna, formadora intercultural, y mi trabajo es acompañarte a preparar y a vivir el viaje de tu vida para que te marches bien y vuelvas siendo tu mejor versión.

Me apunto al viaje